El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Y se golpeó el pecho con el puño debilitado.
—Entonces yo le perdono —dijo el hombre, echando hacia atrás la capa y dando un paso para situarse bajo la luz.
—¡El conde de Montecristo! —dijo Danglars, más pálido de terror de lo que ya estaba un instante antes de hambre y de miseria.
—Se equivoca; no soy el conde de Montecristo.
—¿Y quién es, entonces?
—Soy aquel a quien usted vendió, entregó y deshonró; soy aquel a cuya prometida usted obligó a prostituirse; soy aquel al que pisoteó para alzarse hasta la fortuna; soy aquel cuyo padre murió de hambre, y murió de hambre condenado por usted, aquel que, sin embargo, ahora le perdona, porque también él mismo necesita ser perdonado: soy Edmond Dantès.
Danglars dio un grito y cayó prosternado.
—Levántese —dijo el conde—, ha salvado la vida; una fortuna así no alcanzó a los otros dos cómplices: ¡uno está loco, el otro, muerto! Guarde los cincuenta mil francos que le quedan, se los regalo; en cuanto a sus cinco millones robados a los Hospicios, les serán restituidos por una mano anónima.
»Y ahora, coma y beba; esta noche es usted mi huésped.
»Vampa, cuando este hombre se haya saciado, será libre.