El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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El yate avanzaba con rapidez, aunque en apariencia hubiera apenas el suficiente viento como para hacer flotar la cabellera de una muchacha.

De pie, en la proa, un hombre alto, de tez de bronce, ojos dilatados, veía cómo se acercaba la tierra bajo la forma de una masa oscura dispuesta en cono, saliendo del medio de las olas como una inmensa barretina catalana.

—¿Es eso Montecristo? —preguntó con voz grave e impregnada de una profunda tristeza el viajero, a cuyas órdenes el yate parecía momentáneamente sometido.

—Sí, Excelencia —respondió el patrón—, estamos llegando.

—¡Estamos llegando! —murmuró el viajero con un indefinible acento de melancolía.

Después, añadió en voz baja:

—Sí, aquello será el puerto.

Y volvió a sumirse en sus pensamientos que se traducían en una sonrisa más triste de lo que hubieran sido las lágrimas.

Algunos minutos después, se percibió en tierra el resplandor de una llama que se apagó enseguida, y el ruido de un arma de fuego llegó hasta el yate.

—Excelencia —dijo el patrón—, esa es la señal de tierra, ¿quiere responder usted mismo?

—¿Qué señal? —preguntó este.


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