El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo «Ya no hay duda», se dijo, «puesto que el ruido continúa, a pesar de ser de día, se trata de algún desgraciado preso como yo que trabaja para liberarse. ¡Oh! Si yo estuviera cerca de él, ¡cómo le ayudaría!».
Después, de repente, sobre esta aurora de esperanza, una oscura nube pasó por el cerebro habituado a la desdicha y que difícilmente podía incorporarse a las alegrías humanas; esa idea surgió enseguida, y era que la causa del ruido pudiera ser el trabajo de algunos obreros que el gobernador empleaba para reparar alguna celda próxima.