El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Desde hacía ocho días más o menos en los que había resuelto morir, desde cuatro, que había comenzado a poner en práctica ese proyecto, Edmond no había dirigido la palabra a este hombre, no le respondía cuando le preguntaba qué enfermedad tenía, y se daba la vuelta hacia la pared cuando le miraba demasiado atentamente. Pero hoy, el carcelero podría oír ese rumor sordo, alarmarse, ponerle fin y trastocar de ese modo yo no sé qué grado de esperanza, cuya sola idea encandilaba los últimos momentos de Dantès.

El carcelero traía el desayuno.

Dantès se levantó del camastro e, inflando la voz, se puso a hablar de todos los temas posibles, sobre la mala calidad de los víveres que le traía, sobre el frío que se pasaba en ese calabozo, murmurando y gruñendo para así poder gritar más fuerte y agotar la paciencia del carcelero, que justamente aquel día había solicitado para el preso enfermo un caldo y pan fresco, y que le traía ese caldo y ese pan.

Menos mal que creyó que Dantès deliraba; puso el desayuno en la mala mesa coja sobre la que tenía la costumbre de ponerlo, y se retiró.

Libre entonces, Edmond se puso de nuevo a escuchar con alegría.

El ruido se hacía tan claro que ahora el joven lo oía sin esfuerzo.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker