El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Aunque debilitado, el cerebro del joven se vio sorprendido por esa idea banal constantemente presente en la mente de los presos: la libertad. Ese ruido llegaba tan justo en el momento en el que todo ruido iba a cesar para él, que le parecía que Dios se mostraba al fin compasivo ante sus sufrimientos y le enviaba ese ruido para advertirle de que se detuviera al borde de la tumba delante de la cual vacilaban sus pies. ¿Quién podía saber si uno de sus amigos, uno de sus seres queridos en los que tan a menudo había pensado hasta desgastar su pensamiento, no se ocupaba de él en ese momento y no buscaba acortar la distancia que los separaba?
Pero no, sin duda Edmond se equivocaba y era uno de esos sueños que flotan en el umbral de la muerte.
Sin embargo, Edmond seguía escuchando expectante ese ruido. El ruido duró unas tres horas, después, Edmond oyó una especie de derrumbe, tras lo cual el ruido cesó.
Algunas horas después, el ruido se hizo más fuerte y más cercano. Edmond prestaba interés a ese trabajo que le hacía compañía; de repente, entró el carcelero.