El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Al día siguiente ya no veía, y apenas oía.

El carcelero le creyó gravemente enfermo; Edmond esperaba su próxima muerte.

Así transcurrió una jornada; Edmond sentía que le invadía un vago adormecimiento no exento de cierto bienestar. Los retortijones nerviosos del estómago se habían apaciguado; los ardores de la sed se habían calmado; cuando cerraba los ojos veía un montón de resplandores brillantes como en esos fuegos fatuos que corren por la noche en los terrenos fangosos: era el crepúsculo de ese país desconocido que se llama la muerte. De repente, por la noche, hacia las nueve, oyó un ruido sordo en la pared sobre la que estaba recostado.

Tantos animales inmundos venían a hacer ruido en esa prisión que, poco a poco, Edmond había acostumbrado a su sueño a no turbarse por tan poca cosa; pero esta vez, sea porque sus sentidos estuviesen exaltados por el ayuno, sea porque realmente el ruido fuera más fuerte que de costumbre, sea porque en ese momento supremo todo adquiere importancia, Edmond levantó la cabeza para oír mejor.

Era un rascado monótono que parecía delatar a una garra gigante, a unos dientes poderosos o, en fin, a la presión de un instrumento cualquiera sobre las piedras.


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