El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Así lo hizo. Dos veces al día, a través de la pequeña abertura enrejada que no le dejaba ver más que el cielo, tiraba sus víveres, primero con alegría, después con reflexión, más tarde con lástima; necesitaba el recuerdo del juramento que se había hecho para tener la fuerza de seguir con esa terrible decisión. Esos alimentos que antaño le repugnaban, el hambre, hambre de lobo, se los hacía ver apetecibles a los ojos y exquisitos al olfato; algunas veces sujetaba el plato en sus manos durante una hora, con la vista fija en ese trozo de carne podrida o en ese pescado infecto y en ese pan duro y enmohecido. Eran los últimos instintos de la vida que luchaban aún en él y que de vez en cuando fulminaban su resolución. Entonces el calabozo no le parecía tan sombrío, su situación le parecía menos desesperada; era joven aún, debía tener veinticinco o veintiséis años, le quedaban unos cincuenta años por vivir, es decir, el doble de los que había vivido. Durante ese lapso de tiempo inmenso, ¡cuántos sucesos podrían forzar las puertas, echar abajo los muros del castillo de If, devolverle la libertad! Entonces acercaba los dientes a la comida que, cual Tántalo voluntario, él mismo alejaba de su boca; pero entonces el recuerdo de su juramento volvía a su mente, y esa naturaleza generosa tenía demasiado miedo de despreciarse a sí misma por faltar al propio juramento. Usó, pues, riguroso e inmisericorde, de la poca existencia que le quedaba y llegó un día en que ya no tuvo fuerzas para levantarse y arrojar por el tragaluz la cena que le trajeron.