El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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En cuanto este pensamiento germinó en el espíritu del joven, se volvió más dulce, más plácido; se avino mejor a su lecho duro y a su pan negro, comió menos, ya no durmió y encontró poco más o menos soportable ese resto de existencia que estaba seguro de dejar allí cuando quisiera, como se deja la ropa usada.

Tenía dos modos de morir: uno era simple, se trataba de atar un pañuelo a un barrote de la ventana y colgarse; el otro consistía en simular que comía y dejarse morir de hambre. El primero repugnó mucho a Dantès. Había sido educado en el horror a los piratas, gente a quien se cuelga a las vergas de los barcos; la horca era, pues, para él, un suplicio infamante que no quería aplicarse a sí mismo; adoptó, pues, el segundo y comenzó su ejecución el mismo día.

Habían pasado cuatro años en las disyuntivas que hemos contado. Al final del segundo año Dantès había dejado de contar los días y había caído en esa ignorancia del tiempo de la que antaño le sacó el inspector.

Dantès había dicho: «quiero morir», y había escogido ese tipo de muerte; entonces lo había previsto bien y, por temor a desdecirse de su decisión, se había jurado morir así. «Cuando me sirvan la comida de la mañana y la de la noche», había pensado, «la arrojaré por la ventana y simularé haber comido».


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