El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo «Algunas veces», se decía entonces, «en mis travesías lejanas, cuando era todavía un hombre, y cuando ese hombre, libre y poderoso, daba a otros hombres órdenes que eran ejecutadas, vi cubrirse el cielo, vi al mar estremecerse y tronar, a la tormenta surgir en un rincón del firmamento y cual águila gigantesca batir los dos horizontes con sus dos alas; entonces sentía que mi barco ya no era más que un refugio impotente, pues el barco, leve como una pluma en manos de un gigante, él mismo temblaba y se estremecía. Enseguida, el ruido espantoso de las olas, el aspecto de las rocas cortantes me anunciaba la muerte, y la muerte me llenaba de espanto; ¡yo hacía los mayores esfuerzos para escapar y hacía acopio de todas las fuerzas del hombre y de toda la inteligencia del marino para luchar con Dios!… Entonces sí que era feliz, pues volver a la vida es volver a la felicidad; pues a esa muerte yo no la había llamado, yo no la había elegido; y, en fin, el sueño sobre un lecho de algas y de piedras me parecía duro; y me indignaba, pues yo, que me creía una criatura hecha a imagen de Dios, me indignaba de servir, después de mi muerte, de pasto de las gaviotas y de los buitres. Pero hoy es diferente; hoy he perdido todo lo que me hacía amar la vida, hoy la muerte me sonríe como una nodriza al niño que acuna; hoy muero a gusto y me duermo cansado y roto, como me dormía después de esas noches de rabia y de desesperación después de haber contado tres mil vueltas dadas a la celda, es decir, treinta mil pasos, es decir, casi diez leguas».