El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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A fuerza de decirse a sí mismo, a propósito de sus enemigos, que la calma era la muerte y que para quien se quiere castigar cruelmente hay que buscar otro medio que no sea la muerte, cayó en la negra inmovilidad de las ideas de suicidio; ¡desgraciado aquel que, en la pendiente de la desdicha, se detiene en esas lúgubres ideas! Es uno de esos mares muertos que se extienden mar adentro como las aguas azules de las puras olas, pero en las que el nadador siente cada vez más que sus pies se hunden en un fango bituminoso que le arrastra, que le aspira, que le traga. Una vez aprisionado así, si el socorro divino no viene en su ayuda, ya no hay nada que hacer, cada esfuerzo que intenta le hunde más y más hacia la muerte.

Sin embargo, ese estado de agonía moral es menos temible que el sufrimiento que le precede y que el castigo que tal vez le seguirá; es una especie de consuelo vertiginoso que muestra la inmensa boca del abismo y, en el fondo de ese abismo, la nada. Llegado allí, Edmond encontró algún consuelo en esa idea; todos sus dolores, todos sus sufrimientos, ese cortejo de espectros que con ellos arrastran, parecieron salir volando de ese rincón del calabozo, donde el ángel de la muerte podía posar su pie silencioso. Dantès observó con calma su vida pasada, con terror su vida futura, y escogió ese punto medio que le pareció que era un lugar de asilo.


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