El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Al ascetismo le siguió la rabia. Edmond lanzaba blasfemias que hacían recular de horror al carcelero; se rompía el cuerpo contra los muros del calabozo; atacaba con furor todo lo que le rodeaba y, sobre todo, la emprendía consigo mismo ante la menor contrariedad que se presentaba por un grano de arena, una brizna de paja o un soplo de aire. Entonces se le venía a la mente esa carta delatora que había visto, que le había mostrado Villefort, que él mismo había tocado; cada línea ardía en las paredes como el «¡Mene, Tekel, Peres!» del rey Baltasar[1]. Se decía que no era la venganza de Dios sino el odio de los hombres el que le había sumido en el abismo en el que se hallaba; condenaba a todos esos hombres desconocidos a sufrir todos los suplicios que su ardiente imaginación podía idear, y aún le parecía que los más terribles eran demasiado suaves, y sobre todo demasiado cortos para ellos, pues después del suplicio venía la muerte, y la muerte era, si no el descanso, sí al menos la insensibilidad que se le asemeja.