El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Entonces, su espíritu se hizo sombrío, una nube se espesaba ante sus ojos. Dantès era un hombre sencillo y sin formación; el pasado había quedado cubierto por un velo oscuro que sólo la ciencia sabe descubrir. En la soledad del calabozo y en el desierto de su mente, no podía reconstruir los tiempos pasados, dar vida a los pueblos extintos, reconstruir las ciudades antiguas que la imaginación engrandece y poetiza, que pasan ante los ojos, gigantescas y alumbradas por el fuego del cielo como los cuadros babilónicos de Martinn; ¡él, él no tenía más que un pasado tan corto, un presente tan sombrío, un futuro tan dudoso! ¡Diecinueve años de luz para meditar, quizá, en una noche eterna! Ninguna distracción, pues, podía venir en su ayuda: su espíritu lleno de energía y que no hubiera deseado nada mejor que emprender el vuelo a través de los tiempos se veía forzado a seguir prisionero como un águila en una jaula. Entonces se aferraba a una idea, a la idea de su felicidad destruida sin causa aparente por una fatalidad inaudita; perseguía obstinadamente esa idea, dándole vueltas y vueltas sobre todos los aspectos posibles, y devorándola, por decirlo así, con todas sus fuerzas, como en el infierno de Dante el implacable Ugolino devora el cráneo del arzobispo Ruggieri. Dantès sólo había tenido una fe pasajera, basada en el poder; la perdió como otros la pierden tras el éxito. Solamente que él no la había aprovechado.