El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo »“Pues sí, claro”, me respondió.
»“Te creía en Esmirna.”
»“Podría ser, puesto que vuelvo de allí.”
»“Y Edmond, ¿por dónde anda, el muchacho?”
»“Pues en casa de su padre, sin duda”, respondió Danglars. Entonces vine para acá —continuó Caderousse—, para tener el gusto de estrechar la mano a un amigo.
—Este buen Caderousse —dijo el anciano—, ¡nos aprecia tanto!
—¡Claro que les aprecio, y que les estimo además, dado que no es fácil encontrar buena gente! ¡Pero parece que eres rico, muchacho! —continuó el sastre echando una mirada oblicua al puñado de oro y de plata que Dantès había puesto en la mesa.
El joven observó el rayo de codicia que iluminó los ojos negros de su vecino.
—¡Eh!, ¡Dios mío! Este dinero no es mío —dijo negligentemente—; yo le decía a mi padre el temor de que le hubiera faltado algo en mi ausencia y, para tranquilizarme, ha vaciado su bolsa sobre la mesa. Vamos, padre —continuó Dantès—, vuelva a meter ese dinero en la hucha; a menos que el vecino Caderousse no lo necesite a su vez, en cuyo caso está a su servicio.