El Conde de Montecristo

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En efecto, en el momento en el que Edmond acababa esa frase en voz baja, asomó, en medio de la puerta del descansillo, la cabeza negra y barbuda de Caderousse. Era un hombre de veinticinco a veintiséis años; llevaba en la mano un trozo de tela que, en su calidad de sastre, se apresuraba a cambiar en el revés de un traje.

—¡Eh! ¡Así que ya estás de vuelta, Edmond! —dijo con un acento marsellés de lo más marcado y con una amplia sonrisa que dejaba al descubierto sus dientes blancos como el marfil.

—Ya lo ve usted, vecino Caderousse, aquí estoy, y dispuesto a servirle en lo que sea —respondió Dantès disimulando mal su frialdad bajo ese ofrecimiento de servicio.

—Gracias, gracias; pero gracias a Dios no necesito nada, y son incluso los demás los que necesitan de mí —Dantés hizo un gesto—. No digo esto por ti, muchacho; te presté dinero y me lo devolviste; eso se hace entre buenos vecinos, y estamos en paz.

—Nunca se está en paz con quienes nos han hecho un favor —dijo Dantès—, pues cuando ya no se les debe dinero, se les debe agradecimiento.

—¡Para qué hablar de eso! Lo pasado, pasado está. Hablemos de tu feliz retorno, muchacho. Resulta que yo iba por el puerto para surtirme de paño marrón cuando me encontré al amigo Danglars.

»“¿Tú en Marsella?”, le dije.


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