El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Sí, aquí estoy —dijo el joven—, con un buen porvenir y un poco de dinero. Tenga, padre —dijo—, tenga, tenga y encargue que le traigan algo enseguida.

Y se vació sobre la mesa los bolsillos que contenían una docena de monedas de oro, cinco o seis escudos de cinco francos y calderilla.

El rostro del viejo Dantès se iluminó.

—¿De quién es eso?

—¡Pues, mío!… ¡tuyo!… ¡nuestro! Toma, compra provisiones, alégrate, y mañana habrá más.

—Despacio, despacio —dijo el anciano sonriendo—; con tu permiso, usaré moderadamente de tu bolsa, pues si me vieran comprar demasiadas cosas a la vez, creerían que me he visto obligado a esperar tu regreso para comprarlas.

—Como quieras; pero antes que nada, coge una sirvienta, padre, no quiero que te quedes más solo. Tengo café de contrabando y excelente tabaco en un cofre pequeño en la bodega del barco, lo tendrás mañana. Pero, ¡chsss! Llega alguien.

—Es Caderousse que habrá sabido que llegabas y viene sin duda a felicitarte por tu buen regreso.

—Bueno, más labios que dicen una cosa mientras que el corazón piensa otra —murmuró Edmond—; pero, no importa, es un vecino que nos hizo algún favor en el pasado, que sea bienvenido.


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