El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —SÃ, sÃ, Edmond, es cierto; pero olvidaste al marchar una pequeña deuda al vecino Caderousse; me la reclamó diciéndome que si yo no le pagaba irÃa a cobrarla a casa del señor Morrel. Entonces, comprendes, por miedo a que te causara algún problema…
—¿Y bien?
—Y bien, se la pagué yo.
—¡Pero —exclamó Dantès—, eran ciento cuarenta francos lo que yo le debÃa a Caderousse!
—Sà —balbuceó el anciano.
—¿Y usted se los dio de esos doscientos francos que le dejé?
El anciano asintió con la cabeza.
—¡De manera que usted ha vivido tres meses con sesenta francos! —murmuró el joven.
—Ya sabes que yo necesito muy pocas cosas —dijo el anciano.
—¡Oh! ¡Dios mÃo, Dios mÃo, perdóneme! —exclamó Edmond poniéndose de rodillas ante el buen hombre.
—¿Pero qué haces?
—¡Oh! Me ha roto el corazón.
—¡Bah! Ya estás aquà —dijo el anciano sonriendo—; ahora todo está olvidado, pues todo está bien.