El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Además quiero que, con el primer dinero que gane, usted tenga una casita, con jardín para plantar sus clemátides, sus capuchinas y sus madreselvas, padre… pero, ¿qué te ocurre, padre? ¡Se diría que te encuentras mal!

—¡Paciencia, paciencia! No será nada.

Y faltándole las fuerzas, el viejo cayó hacia atrás.

—¡Veamos, veamos! —dijo el joven—. Un vaso de vino, padre, eso le reanimará. ¿Dónde guarda usted el vino?

—No, gracias, no busques; no lo necesito —dijo el anciano intentando retener a su hijo.

—Sí, padre, sí, dígame dónde.

Y abrió dos o tres armarios.

—Es inútil… —dijo el anciano—, no queda vino.

—¡Cómo que no queda vino! —dijo palideciendo a su vez Dantès, mirando alternativamente las mejillas hundidas y pálidas del anciano y los armarios vacíos—, ¡cómo que no queda vino! ¿Acaso le ha faltado a usted dinero?

—No me ha faltado de nada, puesto que ya estás aquí —dijo el viejo.

—Sin embargo —balbuceó Dantès secándose el sudor que le caía de la frente—, sin embargo yo le dejé doscientos francos, hace tres meses, cuando me fui.


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