El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿Han movido la cama desde que está en prisión?
—Nunca.
—¿Adónde da su celda?
—A un corredor.
—¿Y el corredor?
—Da al patio.
—¡Ay! —se lamentó la voz.
—¡Oh, Dios mÃo! ¿Qué ocurre? —exclamó Dantès.
—¡Ocurre que me he equivocado, que la imperfección de mis dibujos me ha engañado, que la falta de un compás me ha perdido, que una lÃnea de error en mis cálculos equivale a quince pies en la realidad, y que el muro que usted excava lo habÃa tomado por el muro de la ciudadela!
—¿Y entonces usted desembocarÃa en el mar?
—Era lo que pretendÃa.
—¿Y si lo hubiese logrado?
—Me tirarÃa al mar, llegarÃa a nado a una de las islas que rodean el castillo de If, ya fuera la isla de Daume, o la isla de Tiboulen, o incluso la costa, y entonces estarÃa a salvo.
—¿PodrÃa nadar hasta allá?
—Dios me dio fuerza; y ahora, todo está perdido.
—¿Todo?