El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —SÃ. Tape de nuevo el agujero con precaución, no haga nada más, no se ocupe de nada, y espere mis noticias.
—DÃgame al menos… ¿quién es usted?
—Soy…, soy… el preso número veintisiete.
—¿TodavÃa desconfÃa de mÃ? —preguntó Dantès.
Edmond creyó oÃr una especie de amarga risa que traspasaba la bóveda y que llegaba hasta él.
—¡Oh, yo soy un buen cristiano —exclamó, pensando instintivamente que ese hombre pensaba abandonarle—; le juro por Cristo que antes me dejarÃa matar que desvelar a sus verdugos y a los mÃos una sombra de verdad; pero en nombre del Cielo, no me prive de su presencia, no me prive de su voz, o le juro, pues estoy al lÃmite de mis fuerzas, le juro que me rompo la cabeza contra la pared, y usted tendrá que reprocharse mi muerte.
—¿Qué edad tiene? Su voz parece que es la voz de un joven.
—No sé la edad que tengo, pues no he medido el tiempo desde que estoy aquÃ. Lo que sé es que iba a cumplir diecinueve años cuando me arrestaron el 18 de febrero de 1815.
—Casi unos veintiséis años —murmuró la voz—. Vamos, a esa edad uno no es todavÃa un traidor.