El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Oh! ¡No!, ¡no! Se lo juro —repitió Dantès—. Ya se lo dije y se lo repito, antes me dejaría cortar en trozos que traicionarle.

—Ha hecho bien en hablarme; ha hecho bien en suplicarme, pues iba a idear otro plan y a alejarme de usted. Pero su edad me tranquiliza, iré a buscarle, espéreme.

—¿Cuánto tiempo?

—Tengo que calcular nuestras posibilidades; déjeme que le dé yo la señal.

—Pero no me abandonará, no me dejará solo, vendrá conmigo, o me permitirá que yo vaya con usted. Huiremos juntos, y si no podemos huir, hablaremos, usted de la gente a la que ama, yo, de la gente a la que amo. Usted debe amar a alguien, ¿no?

—Yo estoy solo en el mundo.

—Entonces me amará a mí: si es usted joven, seré su compañero; si es viejo, seré su hijo. Tengo padre, que debe tener unos setenta años, si aún vive: yo sólo le amaba a él y a una joven que se llamaba Mercedes. Mi padre no me ha olvidado, estoy seguro, pero ella, sólo Dios sabe si aún piensa en mí. Yo le querré a usted como quería a mi padre.

—Está bien —dijo el preso—, hasta mañana.


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