El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Esas pocas palabras fueron pronunciadas en un tono que convenció a Dantès. No pidió nada más, se incorporó, tomó las mismas precauciones de otras veces con los escombros que había sacado del muro, y empujó el camastro contra la pared.

Desde ese momento Dantès se dejó llevar totalmente por la dicha; ciertamente ya nunca estaría solo, quizá, incluso, sería libre; en el peor de los casos, si seguía estando preso, tendría un compañero; y la cautividad compartida es ya una semicautividad. Las quejas en común son casi plegarias; las plegarias que se comparten son casi una acción de gracias.

Durante todo el día Dantès iba y venía en su calabozo con el corazón dando saltos de alegría. De vez en cuando tanta alegría le ahogaba: se sentaba en la cama, apretándose el pecho con las manos. Al menor ruido que oía en el corredor, saltaba hacia la puerta. Una o dos veces, el temor a que le separasen de ese hombre a quien no conocía pero a quien, sin embargo, ya amaba como a un amigo, se le pasó por la mente. Entonces ya estaba decidido: en el momento en el que el carcelero apartase la cama, y para examinar el agujero bajase la cabeza, él se la rompería con el adoquín que tenía debajo del cántaro.

Le condenarían a muerte, bien lo sabía, ¿pero no iba a morir de hastío y desesperación antes de que ese ruido milagroso le devolviera a la vida?


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