El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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A la noche, vino el carcelero. Dantès estaba en la cama, le parecía que desde ahí guardaba mejor el agujero inacabado. Sin duda dirigió al inoportuno visitante una mirada extraña, pues este le dijo:

—¿No irá usted a volverse loco otra vez?

Dantès no dijo nada; temía que la emoción de su voz le delatase.

El carcelero se retiró, meneando la cabeza.

Llegada la noche, Dantès creyó que su vecino aprovecharía el silencio y la oscuridad para reanudar la conversación, pero se equivocaba; transcurrió la noche sin que ningún ruido acudiese a su febril espera. Pero al día siguiente, después de la visita de la mañana, en el momento en el que acababa de apartar la cama de la pared, oyó tres golpes a intervalos iguales: se arrodilló precipitadamente.

—¿Es usted? —dijo—; ¡aquí estoy!

—¿Se ha marchado el carcelero? —preguntó la voz.

—Sí —respondió Dantès—, y no volverá hasta la noche; tenemos doce horas de libertad.

—¿Puedo entonces continuar la tarea? —dijo la voz.

—¡Oh, sí! ¡Sí! Sin falta, ahora mismo, se lo suplico.


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