El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El tesoro
Cuando Dantès volvió al dÃa siguiente por la mañana a la celda de su compañero de cautiverio, encontró a Faria sentado, con el rostro tranquilo.
Bajo el rayo de luz que se deslizaba a través de la estrecha ventana de la celda, tenÃa en su mano izquierda, la única, recordemos, que le quedaba útil, un trozo de papel abierto, pero que por la costumbre de estar enrollado finamente, mantenÃa la forma de un cilindro difÃcil de desplegar.
Sin decir nada mostró el papel a Dantès.
—¿Qué es esto? —preguntó este.
—Mire bien —dijo el abate sonriendo.
—Miro con toda atención —dijo Dantès—, y no veo más que un papel medio quemado, y en el que hay trazada con una tinta especial una serie de caracteres góticos.
—Este papel, amigo mÃo —dijo Faria—, es —y ahora ya puedo confesarle todo, puesto que me ha dado pruebas para ello—, este papel es mi tesoro, del que a partir de hoy le pertenece la mitad.
