El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Silencio! —exclamó Dantès—… ¡oigo pasos!… alguien viene…, me voy…, ¡adiós!
Y Dantès, contento por escaparse de la historia y de su explicación que no hubiesen dejado de confirmarle el mal que aquejaba a su compañero, se deslizó como una culebra por el estrecho pasadizo, mientras que Faria, entregado a una especie de actividad causada por el terror, empujó con el pie la baldosa que recubrió con una estera, a fin de ocultar la discontinuidad del suelo que no habÃa tenido tiempo de hacer desaparecer.
Era el gobernador, que al saber por el carcelero la crisis sufrida por Faria, venÃa a asegurarse por sà mismo de su gravedad.
Faria le recibió sentado, evitó cualquier gesto comprometedor, y consiguió ocultar al gobernador la parálisis que ya habÃa tocado de muerte la mitad de su persona. El temor era que el gobernador, llevado por la compasión, quisiera llevarle a un lugar más sano separándole asà de su joven amigo. Pero felizmente no fue asÃ, y el gobernador se retiró convencido de que su pobre loco, por quien sentÃa en el fondo de su corazón un cierto afecto, no adolecÃa sino de una ligera indisposición.