El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Mañana, querido amigo —dijo Edmond, que no querÃa prestarse a la locura del anciano—; creo que estaba convenido en que no hablarÃamos de ello hasta mañana.
—Hablaremos mañana, pero lea este papel hoy.
«No le irritemos», pensó Edmond.
Y cogiendo el papel, del que faltaba la mitad, consumida tal vez por algún accidente, leyó:
Este tesoro que puede ascender a dos
de escudos romanos en la parte más al
de la segunda abertura, el cual
declaro pertenecerle en todo pro
dero
25 de abril de 149
—Y bien —dijo Faria cuando el joven terminó de leerlo.
—Pero —respondió Dantès—, aquà no veo más que lÃneas que se cortan, palabras que no siguen en una frase; las letras están medio quemadas y son ininteligibles.
—Para usted, querido amigo, que las lee por primera vez, pero no para mà que he estado sobre ellas miles de noches, que he reconstruido cada frase y que he completado cada pensamiento.
—¿Y ha creÃdo que le ha encontrado un sentido?
—Estoy seguro de ello; usted juzgará por sà mismo, pero antes escuche la historia de este documento.