El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Amigo mío, la crisis tal vez le ha fatigado, ¿no querrá descansar un poco? Mañana, si lo desea, oiré su historia, pero hoy quiero cuidarle, eso es todo. Además —continuó, sonriendo—, un tesoro, ¿es que nos corre mucha prisa?

—¡Mucha, Edmond! —respondió el anciano—. ¡Quién sabe si mañana, o pasado mañana, tal vez, no me dé un tercer ataque! ¡Piense entonces que todo habrá acabado! Sí, es cierto, a menudo pensé con un amargo placer en esas riquezas, que harían la fortuna de diez familias, y que se perderían para todos esos hombres que me han perseguido: esa idea era mi venganza, venganza que saboreaba lentamente en las noches de mi calabozo y en la desesperación de mi cautiverio. Pero ahora que he perdonado al mundo, por amor a usted, ahora que le veo joven y lleno de futuro, ahora que pienso en toda la felicidad que puede resultar para usted el conocer esta revelación, me estremezco por el retraso y tiemblo por si no garantizo a un propietario tan digno como lo es usted la posesión de tantas riquezas ocultas.

Edmond volvió la cabeza suspirando.

—Usted persiste en su incredulidad, Edmond —prosiguió Faria—, ¿es que mi voz no le ha convencido? Veo que necesita pruebas. Pues bien, lea este papel que no he enseñado a nadie.


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