El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Cuando creyó que el momento había llegado, cogió el cuchillo, le separó los dientes que ofrecieron menos resistencia que la primera vez, contó de una en una diez gotas y esperó; el frasco contenía aún aproximadamente el doble de lo que le había instilado.
Esperó diez minutos, cuarto de hora, media hora: nada se movía. Temblando, con el vello erizado y un sudor helado en la frente, contaba los segundos por los latidos de su corazón.
Entonces pensó que era el momento de intentar la última prueba: acercó el frasco a los labios morados de Faria, y sin tener que abrir sus mandíbulas, que se le habían quedado abiertas, le echó el resto del brebaje.
El remedio produjo un efecto galvánico, un violento temblor sacudió los miembros del anciano, sus ojos, que causaban espanto, se abrieron, lanzó un suspiro que parecía más un grito, y después todo ese cuerpo tembloroso entró poco a poco en la inmovilidad.
Sólo los ojos permanecieron abiertos.
Pasó media hora, una hora, hora y media. Durante esa hora y media de angustia, Edmond, inclinado sobre su amigo, aplicando la mano en el corazón del anciano, sintió sucesivamente que ese cuerpo se iba enfriando y que los latidos de ese corazón se iban apagando cada vez más sordos y profundos.