El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Oh! ¡Desengáñese! Sufro menos porque tengo menos fuerza para sufrir. A su edad, se tiene fe en la vida, es el privilegio de la juventud: creer y esperar; pero los viejos ven con más claridad la muerte. ¡Oh! Aquí está…, ya viene…, se acabó…, me falta la vista…, la razón…, su mano, ¡Dantès!… ¡Adiós!… ¡Adiós!

E incorporándose en un último esfuerzo en el que parecía hacer acopio de todas sus facultades.

—¡Montecristo! —dijo—. ¡No olvide Montecristo!

Y volvió a caer sobre el lecho.

La crisis fue terrible: los miembros retorcidos, los párpados hinchados, una espuma sanguinolenta, un cuerpo sin movimiento, eso es lo que quedaba sobre ese lecho de dolor en el lugar del ser inteligente que estaba acostado un poco antes.

Dantès cogió la lámpara, la puso a la cabecera de la cama sobre una piedra que sobresalía del muro y desde donde su resplandor tembloroso iluminaba con un reflejo extraño y fantasmagórico ese rostro descompuesto y ese cuerpo inerte y rígido.

Con los ojos fijos, Dantès esperó denodadamente el momento de administrar el remedio salvador.


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