El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Pero sobre todo, escúcheme bien lo que le digo en este momento supremo: el tesoro de los Spada existe; Dios permite que yo ya no tenga ni distancias ni obstáculos. Lo veo en el fondo de la segunda gruta; mis ojos se clavan en las profundidades de la tierra y se deslumbran ante tantas riquezas. Si consigue fugarse, recuerde que el pobre abate, a quien todo el mundo tenía por loco, no lo estaba en absoluto. Corra a Montecristo, aproveche nuestra fortuna, aprovéchela, ya ha sufrido usted bastante.

Una violenta sacudida interrumpió al anciano; Dantès levantó la cabeza y vio los ojos inyectados de rojo: se diría que una ola de sangre le subía desde el pecho hasta la frente.

—¡Adiós! ¡Adiós! —murmuró el anciano apretando convulsivamente la mano del joven—. ¡Adiós!

—¡Oh! ¡Todavía no, todavía no! —exclamó Dantès—. ¡Oh, Dios mío, no nos abandones! ¡Socórrele!…, ¡ayúdale!…, ¡socorro!…

—¡Silencio!, ¡silencio! —murmuró el moribundo—. ¡Que no nos separen, si logra salvarme!

—Tiene usted razón. ¡Oh! Sí, sí, esté tranquilo, ¡yo le salvaré! Además, aunque le veo sufrir mucho, parece sufrir menos que la primera vez.


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