El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Haga como la primera vez, pero no espere tanto tiempo. Todos los resortes de la vida están ya muy gastados, y la muerte —continuó mostrando su brazo y su pierna paralizados— no tendrá que hacer más que la mitad de su trabajo. Si después de ponerme doce gotas en la boca, en lugar de diez, ve que no vuelvo en mí, entonces écheme todo el frasco. Ahora, lléveme a la cama, pues no puedo mantenerme en pie.

Edmond cogió al anciano en brazos y lo llevó a la cama.

—Ahora, amigo —dijo Faria—, único consuelo de mi miserable vida que el Cielo me dio un poco tarde, pero que al menos me dio, un don tan preciado y que agradezco; en el momento de separarme de usted para siempre, le deseo toda la felicidad, toda la prosperidad que merece: ¡hijo mío, yo le bendigo!

El joven se hincó de rodillas, con la cabeza apoyada en el lecho de muerte del anciano.





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