El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Tenga —dijo—; todavÃa queda de ese brebaje salvador. Deprisa, deprisa, dÃgame lo que tengo que hacer esta vez; ¿hay nuevas instrucciones? Hable, amigo mÃo, le escucho.
—No hay esperanza —respondió Faria moviendo la cabeza—; pero no importa; Dios quiere que el hombre creado por Él, y en cuyo corazón ha enraizado tan profundamente el amor por la vida, haga todo lo que pueda por conservar esa existencia, tan penosa a veces, tan querida siempre.
—¡Oh! SÃ, sà —exclamó Dantès—, ¡y yo le salvaré, le digo!
—Pues bien, ¡inténtelo! El frÃo está subiendo por mi cuerpo; la sangre me afluye al cerebro; este horrible temblor que me hace castañear los dientes y que parece descoyuntarme los huesos comienza a mover todos mis miembros; dentro de cinco minutos estallará la crisis, en un cuarto de hora no quedará de mà más que un cadáver.
—¡Oh! —exclamó Dantès con el corazón roto de dolor.