El Conde de Montecristo

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Por ello el patrón había recibido a Dantès a bordo con cierta desconfianza, puesto que él era muy conocido por todos los aduaneros de la costa, y como entre estos señores y él no dejaba de haber un intercambio de artimañas, a cual más astutas las unas que las otras, al principio pensó que Dantès era un emisario de «doña gabela», que se servía de ese ingenioso medio para indagar algunos secretos del oficio. Pero la manera brillante con la que Dantès salió de la prueba, cuando orientó el barco en la derrota más directa, le había convencido totalmente; además, después, cuando vio flotar esa ligera humareda como un penacho por encima del bastión del castillo de If, y oyó a continuación ese ruido lejano de la explosión, tuvo por un instante la idea de que acababa de recibir a bordo a quien, como para las entradas y salidas de los reyes, se le acordaban los honores del cañón; eso le inquietaba bastante menos, hay que decirlo, que si el recién llegado fuera un aduanero; pero esta segunda suposición había desaparecido con tanta rapidez como la primera, en vista de la perfecta tranquilidad de su reclutado.






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