El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Dantès pensaba, según iba costeando la isla, de nombre tan armonioso para él, que sólo necesitaba saltar al mar y, en una media hora, estaría en su tierra prometida. Pero, una vez allí, ¿qué haría sin herramientas para descubrir su tesoro, sin armas para defenderlo? Además, ¿qué dirían los marineros? ¿Qué pensaría el patrón? Tenía que esperar.

Y felizmente Dantès sabía esperar: había esperado catorce años la libertad; bien podía ahora, que era libre, esperar la riqueza seis meses o un año más.

¿No hubiera aceptado la libertad sin la riqueza, si se lo hubieran propuesto?

Además, esa riqueza ¿no sería una riqueza ilusoria? Nacida del cerebro enfermo del pobre abate Faria, ¿no habría muerto al morir él?

Es cierto que esa carta del cardenal Spada era extremadamente precisa.

Y Dantès repetía de cabo a rabo en su memoria esa carta, de la que no había olvidado ni una sola palabra.

Llegó la noche; Edmond vio a la isla pasar por todos los colores que el crepúsculo trae consigo, y la vio perderse para todo el mundo en la oscuridad; pero él, con sus ojos habituados a la oscuridad de la prisión, sin duda continuó viéndola, pues se quedó el último en el puente.


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