El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Al día siguiente se despertaron a la altura de Aleria. Navegaron todo el día dando bordadas y por la noche se encendieron luces en la costa. Por la disposición de esas luces, reconocieron, sin duda, que se podía desembarcar, pues un fanal ocupó el lugar del pabellón en el asta de la pequeña embarcación, y se acercaron a la orilla a un alcance de fusil.

Dantès había observado, sin duda por esas circunstancias solemnes, que el patrón de la Jeune-Amélie, al acercarse a tierra, había montado sobre un pivote dos pequeñas culebrinas, iguales a fusiles de muralla, y que, sin hacer demasiado ruido, podían enviar una bonita bala de a cuatro la libra a mil pasos de distancia.

Pero aquella noche la precaución fue innecesaria; todo transcurrió lo más tranquilo y lo más educado del mundo. Cuatro chalupas se acercaron sin mucho ruido al barco que, sin duda para hacerle los honores, echó su propia chalupa al mar; de tal manera que las cinco chalupas se las arreglaron tan bien que, a las dos de la mañana, todo el cargamento había pasado de estar a bordo de la Jeune-Amélie a estar en tierra firme.

Esa misma noche, tan hombre de orden era el patrón, que se hizo el reparto de la prima: cada hombre recibió cien libras toscanas, es decir, unos ochenta francos de la moneda francesa.


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