El Conde de Montecristo

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Pero la expedición no había terminado; se puso rumbo a Cerdeña. Se trataba de ir a recargar el barco que acababan de descargar.

La segunda operación resultó tan exitosa como la primera; la Jeune Amélie estaba de suerte. El nuevo cargamento era para el ducado de Lucca. Se componía casi por completo de cigarros de La Habana y de vino de Jerez y de Málaga.

Allí tuvieron que vérselas con la gabela, esa eterna enemiga del patrón de la Jeune-Amélie. Un aduanero quedó en la estacada, y dos marineros fueron heridos. Dantès era uno de los heridos; una bala le atravesó el hombro izquierdo.

Dantès estaba casi feliz de esa escaramuza y casi contento de la herida; estas dos rudas institutrices le habían enseñado con qué ojos veía el peligro y con qué corazón soportaba el sufrimiento. Había mirado al peligro, riendo, y al recibir el disparo había dicho como el filósofo griego: «dolor, tú no eres un mal».

Además, había visto de cerca al aduanero herido de muerte y, sea por el calor de la sangre en acción, sea por tibieza de los sentimientos humanos, esta visión no le había producido más que una ligera impresión. Dantès estaba sobre la vía que quería recorrer, y marchaba hacia la meta que quería alcanzar: su corazón llevaba el camino de petrificarse en su pecho.


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