El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Por lo demás, Jacopo, que al verle caer creyó que habÃa muerto, se precipitó sobre él, le levantó y finalmente, una vez levantado, le cuidó como un excelente camarada.
Este mundo no era, pues, tan bueno como lo veÃa el doctor Pangloss; pero tampoco era tan malo como lo veÃa Dantès, puesto que ese hombre, que no tenÃa nada que esperar de su compañero, a no ser heredar su parte de la prima, ¿por qué sentÃa una aflicción tan viva al verle muerto?
Menos mal, ya lo hemos dicho, que Dantès sólo estaba herido. Gracias a ciertas hierbas recogidas en cierto momento y vendidas a los contrabandistas por unas mujeres sardas, la herida se cerró bien pronto. Edmond quiso tentar entonces a Jacopo: le ofreció, a cambio de los cuidados recibidos, su parte de las primas, Jacopo la rechazó con indignación.
De esta especie de devoción de simpatÃa que Jacopo habÃa sentido por Edmond desde el primer momento en el que le vio, resultó que Edmond acordó a Jacopo una cierta suma de afecto. Pero Jacopo no pedÃa nada más: instintivamente habÃa adivinado en Edmond esa suprema superioridad de su posición, superioridad que Edmond habÃa conseguido ocultar a los demás. Y con ese poco que le concedÃa Edmond, el buen marinero se conformaba.