El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Así, durante las largas jornadas a bordo, cuando el navío, surcando seguro ese mar azul, no necesitaba más que el auxilio del timonel, gracias al viento favorable que hinchaba las velas, Edmond, con una carta marina en la mano, hacía de maestro a Jacopo, como el pobre abate Faria lo había hecho con él. Le mostraba la depresión de las costas, le explicaba las variaciones de la brújula, le enseñaba a leer en ese gran libro abierto por encima de nuestras cabezas que se llama firmamento, y donde Dios ha escrito en su azul con letras de diamante.
Y cuando Jacopo le preguntaba:
—¿Para qué aprender todas esas cosas un pobre marinero como yo?
Edmond respondía:
—¿Quién sabe? Quizá un día llegues a ser capitán de barco; ¡tu compatriota Bonaparte bien llegó a ser emperador!
Habíamos olvidado decir que Jacopo era corso.
Habían transcurrido dos meses y medio en sucesivas travesías: Edmond se había hecho tan hábil en el cabotaje como antes fue arriesgado marino; conocía a todos los contrabandistas de la costa; aprendió todos los signos masónicos con los que estos medio piratas se reconocen entre sí.