El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Veinte veces había pasado y vuelto a pasar por delante de la isla de Montecristo, pero en ninguna de ellas había encontrado la ocasión de desembarcar allí.
Así pues, tomó una resolución: tan pronto como su compromiso con el patrón de la Jeune-Amélie concluyera, alquilaría una pequeña barca. Dantès podía hacerlo, pues, en sus diferentes travesías, había amasado un centenar de piastras, y bajo un pretexto cualquiera, podría llegar a la isla de Montecristo.
Allí llevaría a cabo sus pesquisas, en total libertad.
Aunque no en total libertad, pues sin ninguna duda se vería observado por los que le hubieran llevado hasta allí.
En este mundo siempre hay que arriesgar algo.
Aunque la prisión había hecho a Dantès prudente, y bien hubiera querido no tener que arriesgar nada.
Pero por mucho que buscaba en su imaginación, por muy fecunda que fuera, no encontraba otra manera de llegar a la isla tan ansiada, sino esa.
Dantès dudaba sobre la resolución que debía tomar, cuando el patrón, que había depositado una gran confianza en él, y que deseaba mantenerlo a su servicio, le cogió una tarde del brazo y lo llevó a una taberna de la Via dell’Oglio, en la que tenía costumbre de reunirse con lo más exquisito del contrabando de Livorno.