El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Era allí donde se trataban habitualmente los asuntos de las costas. Dantès ya había entrado dos o tres veces en esta especie de Bolsa marítima; y al ver a esos arriesgados piratas que produce todo un litoral de dos mil leguas más o menos, se había preguntado qué poder alcanzaría el hombre que consiguiese impulsar con su voluntad a todos esos hijos reunidos o divergentes.

Esta vez se trataba de un gran negocio: un barco cargado de alfombras turcas, de telas de Oriente y de Cachemira; había que encontrar un terreno neutro donde se pudiera llevar a cabo el intercambio, y después intentar ir colocando todos esos objetos por las costas de Francia.

La prima era enorme si se tenía éxito; se trataba de cincuenta o sesenta piastras por hombre.

El patrón de la Jeune-Amélie propuso como lugar de desembarco la isla de Montecristo, que, al estar completamente deshabitada, sin soldados ni aduaneros, parecía que había sido colocada en medio del mar, en tiempos del Olimpo pagano, por Mercurio, ese dios de los comerciantes y de los ladrones, clases que nosotros hemos llegado a considerar separadas, o al menos distintas, y que la Antigüedad, por lo que parece, colocaba en la misma categoría.


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