El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Un enemigo! —exclamó Mercedes con una mirada de indignación dirigida a su primo—. ¡Un enemigo en mi casa, dices, Edmond! Si yo creyera eso, te cogerÃa del brazo y me irÃa a Marsella, dejando la casa para no volver nunca más.
Los ojos de Fernand echaban chispas.
—Y si te sucediera una desgracia, Edmond querido —continuó con una calma implacable que probaba a Fernand que la muchacha habÃa leÃdo en lo más profundo de sus siniestros pensamientos—, si te sucediera una desgracia, me subirÃa hasta el cabo de Morgon y me tirarÃa de cabeza a las rocas.
Fernand se puso terriblemente pálido.
—Pero estás equivocado, Edmond —siguió—, aquà no tienes enemigos; sólo está Fernand, mi hermano, que va a estrecharte la mano como un amigo fiel.
Y con estas palabras, la joven fijó su rostro imperativo sobre el catalán que, como fascinado por esa mirada, se acercó lentamente a Edmond y le tendió la mano.
Su odio, igual a una ola impotente, aunque furiosa, venÃa a romperse contra la influencia que esta mujer ejercÃa sobre él.
Pero apenas hubo tocado la mano de Edmond, sintió que ya habÃa hecho todo lo que podÃa hacer y salió rápidamente de la casa.