El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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De repente, Edmond vio la figura sombría de Fernand que se perfilaba en la sombra, pálida y amenazante; por un movimiento del que ni siquiera él mismo era consciente, el joven catalán se llevó la mano al cuchillo que llevaba en el cinto.

—¡Ah! Perdón —dijo Dantès frunciendo el ceño a su vez—, no había notado que éramos tres.

Después, volviéndose hacia Mercedes:

—¿Quién es este señor? —preguntó.

—Este señor será su mejor amigo, Dantès, pues es mi amigo, es mi primo, es mi hermano, es Fernand; es decir, después de a usted, Edmond, es a la persona que más quiero en el mundo; ¿no le reconoce?

—¡Ah! Sí, claro —dijo Edmond.

Y sin soltar a Mercedes, a quien tenía cogida con una mano apretada en la suya, tendió la otra mano al catalán, en un impulso de cordialidad.

Pero Fernand, lejos de responder a ese gesto de amistad, se quedó mudo e inmóvil como una estatua.

Entonces Edmond paseó su mirada inquisitoria desde Mercedes, emocionada y temblorosa, a Fernand, sombrío y amenazante.

Supo todo con esa sola mirada.

La ira le subió al rostro.

—No debería haber venido con tanta prisa a su casa, Mercedes, para encontrar aquí a un enemigo.


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