El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Mientras viva.

Fernand bajó la cabeza como un hombre desesperado, dio un suspiro que era más un gemido; después, de repente, levantando la frente, con los dientes apretados y las ventanas de la nariz dilatadas:

—¿Y si ha muerto? —dijo.

—Si ha muerto, moriré.

—¿Y si la olvida?

—¡Mercedes! —gritó una voz alegre fuera de la casa—. ¡Mercedes!

—¡Ah! —exclamó la muchacha sonrojándose de dicha y saltando de amor—, ¡ya ves que no me ha olvidado, puesto que está aquí!

Y salió volando hacia la puerta que abrió exclamando:

—¡Aquí, Edmond! Aquí estoy.

Fernand, pálido y tembloroso, se echó hacia atrás, como hace un viandante al ver una serpiente y, encontrando de nuevo la silla, cayó sentándose de nuevo en ella.

Edmond y Mercedes estaban uno en brazos del otro. El ardiente sol de Marsella, que penetraba a través de la abertura de la puerta, les inundaba con un raudal de luz. Al principio no vieron nada de lo que les rodeaba. Una inmensa dicha les aislaba del mundo, y sólo hablaban con palabras entrecortadas que son los impulsos de una alegría tan viva que parecen la expresión del dolor.


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