El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Le comprendo, Fernand: la tomaría usted con él, porque yo no le amo; ¡cruzaría usted el cuchillo catalán contra su puñal! ¿Y qué ganaría con ello? Perder mi amistad si usted fuese el vencido; ver mi amistad transformada en odio, si fuese el vencedor. Créame, buscar pelea con un hombre es mal medio para conseguir agradar a la mujer que ama a ese hombre. No, Fernand, usted no puede dejarse llevar así por los malos pensamientos. Ya que no puede tenerme como mujer, se contentará con tenerme como amiga y hermana; además —añadió, con los ojos nublados y mojados de lágrimas—, espere, espere, Fernand: usted lo ha dicho hace un momento, la mar es traicionera, y hace ya cuatro meses que él partió; ¡desde hace cuatro meses he contado tantas tempestades!

Fernand se quedó impasible; no intentó secar las lágrimas que le caían a Mercedes por las mejillas; y sin embargo, por cada una de esas lágrimas hubiera dado un vaso de su sangre; pero era por otro por quien Mercedes lloraba.

Se levantó, dio una vuelta por la cabaña y volvió, se detuvo delante de Mercedes, con la mirada sombría y los puños crispados.

—Veamos, Mercedes —dijo— respóndame una vez más: ¿lo tiene bien decidido?

—Amo a Edmond Dantès —dijo fríamente la muchacha—, y nadie más que Edmond será mi esposo.

—¿Y le amará usted siempre?


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