El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Edmond, encantado, maravillado, se llenaba los bolsillos de piedras preciosas; después, amanecía, y esas piedras se transformaban en simples guijarros. Entonces, intentaba entrar en esas maravillosas grutas que sólo había entrevisto; pero el camino se retorcía en infinitas espirales: la entrada se le hacía invisible. Buscaba inútilmente en su fatigada memoria la palabra mágica y misteriosa que abría al pescador árabe las espléndidas cavernas de Ali-Babá. Todo era inútil; el tesoro desaparecido se había convertido en propiedad de los genios de la tierra, a los que por un instante estuvo a punto de arrebatárselo.

Llegó el amanecer casi tan febril como la noche; pero trajo consigo la lógica, que venía en ayuda de la imaginación, y Dantès pudo pergeñar un plan que hasta entonces flotaba impreciso y vaporoso en su cerebro.

Llegó la noche, y con la noche los preparativos del viaje. Esos preparativos eran para Dantès un modo de ocultar su agitación. Poco a poco había ido adquiriendo ante sus compañeros esa autoridad de dirigir como si fuera el dueño de la embarcación; y como esas órdenes eran siempre claras, precisas y fáciles de ejecutar, sus compañeros le obedecían no solamente con prontitud, sino con gusto.


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