El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Fernand se secó el sudor que le chorreaba de la frente y entró lentamente bajo el cenador, cuya sombra parecía devolver un poco de calma a sus sentidos y el frescor del ramaje, un poco de bienestar a su cuerpo agotado.

—Buenos días —dijo—, me han llamado, ¿no es eso?

Y más que sentarse, cayó sobre uno de los asientos que había alrededor de la mesa.

—Te he llamado porque corrías como un loco, y temí que fueses a tirarte al mar —dijo Caderousse riendo—. ¡Qué diablos! Cuando se tiene amigos no es sólo para ofrecerles un vaso de vino, sino para impedir que se beban tres o cuatro pintas de agua.

Fernand dio un gemido que parecía más un sollozo y dejó caer la cabeza sobre los puños que había cruzado sobre la mesa.

—Y bien, qué quieres que te diga, Fernand —repuso Caderousse iniciando la conversación con esa brutalidad grosera de la gente de pueblo a quien la curiosidad hace olvidar toda diplomacia—; y bien, ¡tienes toda la pinta de un amante despechado!

Y acompañó esa broma con una carcajada.

—¡Bah! —respondió Danglars—. Un muchacho bien plantado como este no está hecho para ser desgraciado en amores; tú bromeas, Caderousse.


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