El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—No, no —repuso este—; escucha si no cómo suspira. Vamos, vamos, Fernand —dijo Caderousse—, levanta esa cara y contestanos; no es nada amable no responder a los amigos que nos preguntan por nuestra salud.

—Mi salud va bien —dijo Fernand crispando los puños, pero sin levantar la cabeza.

—¡Ah! Lo ves, Danglars —dijo Caderousse haciendo un guiño a su amigo—, la cuestión es esta: Fernand, a quien ves aquí, y que es un buen y honrado catalán, uno de los mejores pescadores de Marsella, está enamorado de una guapa muchacha que, por su parte, está enamorada del segundo del Pharaon; y como el Pharaon acaba de atracar hoy mismo en el puerto, ¿entiendes?

—No, no entiendo nada —dijo Danglars.

—Al pobre Fernand le habrán despedido —continuó Caderousse.

—Y bien, ¿qué? —dijo Fernand levantando la cara y mirando a Caderousse como hombre que busca en quién descargar su ira—; Mercedes no depende de nadie ¿no es eso?, y es bien libre de amar a quien quiera.

—¡Ah! Si te lo tomas así —dijo Caderousse—, ¡es otra cosa! Yo, yo te creía un catalán; y me habían dicho que los catalanes no eran hombres que se dejasen suplantar por un rival; incluso me habían añadido que Fernand, sobre todo, era terrible en la venganza.

Fernand sonrió con pena.

—Un enamorado nunca es terrible —dijo.


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