El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Pobre muchacho! —repuso Danglars fingiendo compadecerse del joven desde lo más profundo de su corazón—. ¿Qué quieres?, no se esperaba ver volver asà a Dantès, de repente; quizá le creÃa muerto, infiel, ¿quién sabe? Estas cosas son más sensibles si nos llegan asÃ, de golpe.
—¡Ah! A fe mÃa, en todo caso —dijo Caderousse, que mientras hablaba seguÃa bebiendo y al que el famoso vino de La Malgue comenzaba a hacer efecto—, en todo caso, Fernand no es el único a quien la feliz llegada de Dantès contrarÃa, ¿no es asÃ, Danglars?
—No, tienes razón y casi me atreverÃa a decir que eso le traerá algún disgusto.
—Pero, no importa —repuso Caderousse sirviendo un vaso de vino a Fernand y llenando a su vez por octava o décima vez el suyo, mientras que Danglars apenas si lo habÃa probado—; no importa, mientras tanto, él se casa con Mercedes, la bella Mercedes; al menos, para eso ha vuelto.
Durante todo ese tiempo, Danglars envolvÃa en una punzante mirada al joven, sobre cuyo corazón las palabras de Caderousse caÃan como plomo fundido.
—¿Y para cuándo la boda? —preguntó.
—¡Oh! Aún no hay boda —murmuró Fernand.
—No, pero la habrá —dijo Caderousse—, tan cierto como que Dantès será capitán del Pharaon, ¿no es asÃ, Danglars?