El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Danglars se sobresaltó ante esa inesperada pulla, y se volvió hacia Caderousse, cuyo rostro escudriñó para ver si el golpe era premeditado; pero no leyó más que la envidia en ese rostro ya casi atontado por la embriaguez.
—Y bien —dijo, volviendo a llenar los vasos—, ¡bebamos, pues, por el capitán Edmond Dantès, marido de la bella catalana!
Caderousse se llevó el vaso a la boca con una mano entorpecida y lo bebió de un solo trago.
Fernand cogió el suyo y lo rompió contra el suelo.
—¡Eh!, ¡eh!, ¡eh! —dijo Caderousse—. ¿Qué es lo que estoy viendo allá, en lo alto del cerro, en dirección a Les Catalans? Mira, mira, Fernand, tú que tienes mejor vista que yo; creo que empiezo a ver todo turbio, ya sabes, el vino es muy traicionero; uno dirÃa que son dos amantes que caminan uno al lado del otro, cogidos de la mano. ¡Dios me perdone!, ¡como no sospechan que los vemos, se están besando!
Danglars no se perdÃa ni una de las angustias de Fernand, cuyo rostro se descomponÃa a ojos vistas.
—¿Les reconoce usted, señor Fernand? —dijo.
—Sà —respondió este con voz sorda—, es el señor Edmond y la señorita Mercedes.