El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Ah! ¡Lo ve! —dijo Caderousse—, ¡y yo que no les reconocía! ¡Hola, Dantès! ¡Hola, guapa!, vengan un poco por aquí, y dígannos para cuándo es esa boda, pues aquí el señor Fernand es tan obstinado que no quiere decírnoslo.

—¡Quieres callarte! —dijo Danglars afectando retener a Caderousse que, con la tenacidad de los borrachos, se inclinaba fuera del cenador—. Trata de mantenerte en pie y deja a los enamorados que se amen tranquilamente. Vaya, mira al señor Fernand y toma ejemplo: él es razonable.

Quizá Fernand, forzado hasta el extremo, aguijoneado por Danglars como el toro por los banderilleros, iba a lanzarse al fin, pues ya se había puesto en pie y parecía recogerse sobre sí mismo para saltar sobre su rival; pero Mercedes, riente y orgullosa, levantó su hermosa cabeza y su clara mirada resplandeció; entonces Fernand recordó la amenaza que ella le había hecho, la de morir si Edmond moría, y volvió a caer desalentado sobre el asiento.

Danglars miró sucesivamente a los dos hombres que tenía enfrente: uno embrutecido por la embriaguez, el otro dominado por el amor.


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