El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —No voy a sacar nada de estos dos tontos —murmuró—, y mucho me temo que estoy aquà entre un borracho y un cobarde: un envidioso que se emborracha con vino cuando deberÃa embriagarse de hiel; y este gran imbécil a quien le acaban de arrebatar a su amante en sus mismas narices, y que se contenta con llorar y lamentarse como un niño. Y sin embargo, tiene los ojos ardientes como esos españoles, esos sicilianos y esos calabreses que saben vengarse tan bien; tiene unos puños que aplastarÃan la cabeza de un buey con la misma firmeza que lo harÃa el mazo de un carnicero. Decididamente, el destino de Edmond prevalece; se casará con la muchacha guapa, será capitán y se burlará de nosotros; a menos que… —una lÃvida sonrisa se dibujó en los labios de Danglars—, a menos que yo intervenga —añadió.
—¡Hola! —gritaba sin cesar Caderousse medio incorporado apoyando los puños en la mesa—, ¡hola!, ¡Edmond! ¿Es que ni ves a los amigos, o es que eres demasiado orgulloso para hablar con ellos?
—No, mi querido Caderousse —respondió Dantès—, no soy orgulloso, sino que soy feliz, y la felicidad ciega, creo, aún más que el orgullo.
—¡Menos mal! Eso sà que es una explicación —dijo Caderousse—. ¡Eh! Buenos dÃas, señora Dantès.
Mercedes saludó con seriedad.